LA
OPERACIÓN BLANQUEO
Marcos Domich
La llegada de Luis Arce Gómez
ha producido una suerte de conmoción en el espacio de la comunicación del país. Tampoco, la repercusión internacional ha sido pequeña. Es
que se trata de alguien que es una especie de reliquia de tiempos que se cree
superados, de un pasado ominoso que no volverá. ¡Ojalá!
lo decimos con gran esperanza. Pero no nos entregamos a ella desarmados,
desprovistos de alguna lúcida prevención, más que nunca necesaria.
La aplastante mayoría del pueblo boliviano ha acogido con
beneplácito que, al fin, se le hubiera podido echar el guante a este siniestro
personaje que tanto daño le inflingió sobre todo al pueblo, a los trabajadores,
a la gente sencilla, a la juventud. Otros, que no sufrieron las acciones de la
dictadura observan el hecho, con cierto cosquilleo interno, por la suerte de
alguien que pretendió “salvar sus intereses del asalto comunista”. La costra de
su prejuicio, les lleva a reaccionar de una manera, llamémosla particular. Al
fin al cabo, en la perspectiva histórica, hay un destino que une al personaje
con los sectores sociales que, de alguna manera, representaba.
Lo que se ha observado, particularmente en los programas
nocturnos de la televisión, como repercusiones a la llegada y a la significación,
del personaje es digno de un estudio del tipo del centro de observación de los
medios de comunicación. Esperamos que lo hagan, pero entretanto no podemos
dejar de adelantar algunas observaciones que son producto de la prevención que
otorga la experiencia política.
¿Qué buscan, los interesados en minimizar la malignidad
del sujeto en cuestión? Buscan que quede la impresión de que al fin y al cabo
“en la vida cotidiana no era un mal hombre”. Para eso acudieron a los
familiares de Arce Gómez. Por lo menos en dos canales, por separado, estuvieron
el hijo y el hermano. Es totalmente obvio que los familiares no podían
expresarse mal de su pariente. Hay profundas razones, sobre todo afectivas, que
impiden una opinión de condena o crítica de los actos reprochables y sobre todo
ilegales que comete un padre o un hermano. Este hecho lo conocen bien los que
efectuaron las entrevistas o los que, más probablemente, les prepararon el
libreto con todo el material pertinente.
El primer propósito era blanquear la imagen de Arce
Gómez. Detrás de la figura del buen papá y del buen hermano, por supuesto, se
escondían sus antecedentes que le valieron dos apodos entonces muy en boca de
la gente y sobre todo de miembros de las fuerzas armadas. Le decían “el mala
vida” por su conducta social. Entre sus colegas, no casualmente, tenía el mote
de “el loco” o más específicamente “el loco Arce”. Esto no es una originalidad
boliviana. También sucedió con nazis de la Gestapo o
las SS. Calificados asesinos, sobre todo jefes o guardias de los campos de
concentración, que cometieron inauditos crímenes y vejámenes eran,
paralelamente, amorosos familiares y hasta bondadosos…con sus perros.
Algunos de los medios, pertenecientes a la derecha, en
este primer día de la “operación blanqueo”, no mencionaron para nada los
asesinatos, las desapariciones de personas, las torturas; el asalto y la
destrucción de medios de comunicación, la imposición de la censura, el estado
de sitio con toque de queda, en fin, el clima de terror, de arbitrariedad, de
vandalismo fascista, particularmente los primeros meses del régimen de García
Meza-Arce Gómez. Tampoco se acordaron de los negociados (piedras semipreciosas,
negociados en YPFB, vidrios polarizados, venta del diario del Che) y sobre todo
del tráfico de cocaína, ligado a su pariente Roberto Suárez Gómez.
Se vinculó aquella idea de que “no era tan malo como
creen” a la de una persona envejecida, enferma, con limitaciones físicas, que
despertaba lástima. En efecto, la gente sencilla es sensiblera y no tardaría en
llegar a la idea del hombre que ha sufrido, del que acaso se ha arrepentido y,
al fin, debe ser perdonado. La consecuencia final de esta operación es que
disminuya el alerta respecto de quienes, ahora y en el territorio boliviano,
pueden preparar una nueva sangría con un cruel régimen de facto.
Por último, la operación blanqueo ha tenido un objetivo
más. Se preguntaba a la gente de la calle, a los analistas, a los historiadores
si el retorno de Arce Gómez tenía alguna equivalencia hoy en Bolivia. No
faltaron los periodistas que inducían a que los interrogados dijeran: “que sí,
que en Bolivia había muchos Arce Gómez en el actual gobierno”. Sin ninguna coherencia
y a fuerza de puro descaro vinculaban a Arce con algún ministro actual. Un
objetivo ciertamente perverso y que habla de la calidad moral, de la “ética
periodística” con la que actúan ciertos medios.
La “operación blanqueo” está en marcha. Cuenta con
poderosas baterías mediáticas y decenas de “figuras” de los medios. Pero el
pueblo ha madurado. Si en 1980 resistió heroicamente la embestida gorila con
patrocinio de la CIA, el Pentágono y hasta la Casa Blanca imperiales, hoy hay más
madurez. Que la derecha y los medios no intenten poner la cabeza del pueblo en
la guillotina. Puede ser que la suya ruede primero.