LA CONCIENCIA DESGRACIADA
Marcos Domich
“¡Ah!, pero el poder es el poder. Quizá
la lucha más importante que tiene que librar alguien que tenga poder, es la
lucha contra sí mismo, la lucha por controlarse (…) contra la corrupción, e
incluso contra el abuso de sus prerrogativas. Hace falta una conciencia muy
bien formada y muy fuerte”.Fidel Castro Ruz
Se necesita una gran dosis de serenidad
para juzgar los últimos acontecimientos. Muchos detalles de lo sucedido parecen
extraños, raros, artificiales, provocados con una suerte de alquimia maligna en
manos de un hechicero perverso. La primera incógnita a despejar es preguntándose:
¿A quién beneficia todo esto? Es obvio que no beneficia en nada al proceso de
cambios. Es más, lo daña de manera directa, aunque no irreparable. La
reparación vendrá del análisis frío de los hechos y de su conocimiento total.
No pueden quedar zonas oscuras. No puede haber conclusiones a priori que salven a nadie ni lo
condenen anteladamente.
Pero hay cosas que se saben por la
práctica, por la experiencia política y que sabemos a dónde conducen a la
gente, a los procesos políticos, a las revoluciones. Ergo, la reparación
dependerá de la prontitud y de la justeza de las medidas que se tomen.
El primer incidente a analizar es el de
agresión sufrida por la familia de Víctor Hugo Cárdenas. Algo condenable desde
todo punto de vista. Los autores e instigadores deben ser castigados y se les
debe dar, ante todo, una lección de conducta revolucionaria. Estos señores
deben saber que al no respetar la propiedad personal o familiar (no se trataba
en Sank’ajahuira de medios de producción), están
haciendo lo que la derecha quiere para “denunciar” todos los días: “el asalto a
la propiedad privada”. Deberían saber que el castigo físico, por tradicional y
leve que sea, no rectifica nada, es anacrónico. El Viceministro de Justicia
Comunitaria lo ha condenado. No se castiga a los tránsfugas y a los servidores
de los poderosos; a los figurones que por un puesto renuncian a sus pasadas
convicciones, con quimsacharaña, con el chicote aymara. Con eso se revive a muertos políticos y se los hace
candidatos. Con eso se deteriora, se desgasta a Evo.
El otro problema es la investigación de
la corruptela interna, de la que está corroyendo las entrañas propias, de la
que enturbia la visión, que embriaga y hace perder la conciencia de las cosas,
de la situación. Por supuesto se debe examinar primero a aquellos que “siempre
fueron” del instrumento. Luego, ojo avizor con los recién llegados, con los que
se auparon al carro de la victoria, con los que ahora te aplauden con frenesí.
Además del cuero curtido traen el contagio, la conciencia desgraciada de la que
habló Hegel y que induce al goce inmediato del placer
que ofrece el poder, que siempre, recuérdalo, es fugaz.
Hay una razón más por la que todo esto
se convierte en una avalancha. No hay una instancia de control y dirección
colectiva. Han hecho mucho daño las ideas antipartido
de la forma multitud, del instrumento multitud, de la conversión de las
organizaciones sociales en multitudes rectoras cuando, en verdad, ellas son
inorgánicas, no siempre democráticas y no ayudan a eso que reclama Fidel como
el antídoto real: conciencia bien formada y fuerte.
La conciencia política, que es de la
que habla Fidel, no se forja en la nada, no se aprende en las arrugas de los
viejos. Se la desarrolla a partir del estudio, del conocimiento de la realidad.
No es de la nada de las palabras vacías cómo, se determina la conciencia. Marx ya formuló el aserto tal vez más importante de la dialéctica
materialista: El ser determina la conciencia y no a la inversa.
Alguien llamó a Fidel “el abuelo
sabio”, pues hay que aprender de él, hay que leerlo.