Editorial

 

REFORMA  O  REVOLUCIÓN

 

El acontecer social en Bolivia transcurre a zancadas. Se ha tomado medidas que han sacudido la estructura económica, política, social y de política exterior. Desde el 22 de enero, fecha de la posesión del gobierno de Evo Morales y después de una serie de cálculos, de tratar de ver “cómo viene la mano”, como dicen los jugadores de barajas, las cosas se han puesto claras. Cada uno desde su lado (políticamente) y desde su ángulo visual (ideológico) presume lo que va a suceder y se prepara para actuar en consecuencia. La derecha global ya está alineada con sus componentes principales: oligarquía, agentes del imperialismo, directos o camuflados de empresarios “capitalizadores”; partidos conservadores o reaccionarios, grupos confesionales y hasta militares ® de estirpe fascistoide. Tiene su plan de acción y cuenta con una poderosa maquinaria mediática y hasta con formaciones escuadristas armadas y en proceso de entrenamiento; dinero que no les falta, les sobra.

Sin que sea paradojal, a su lado está la ultraizquierda de siempre, variopinta y fragmentaria, crónicamente despistada. Su discurso sigue apelando a fórmulas de un dogmatismo tremebundo, cuyo efecto máximo es asustar a algunas santurronas. Empero ahora son muy bien recibidas, aplaudidas por la masa de medios que la derecha controla totalmente. La conducta de la ultraizquierda es lo que se llama “ser funcionales”, es decir auxiliares para los planes de la derecha y el imperialismo. Tiene, en su origen, dos vertientes: Una es la eterna generación de grupúsculos activos a partir de una tradición oral, con libretos concisos y una vasta folletería, que hunde sus raíces en la productividad de cenáculos pequeñoburgueses y juveniles y agrupaciones nacional-étnicas de oídos receptivos y mente ansiosa de cambio social. En este caldo de cultivo proliferan las ideas del anarquismo, del trotskismo y de todo tipo de radicalismo, sea indigenista, feminista o de “minorías” de diverso jaez.

Al otro lado de la trinchera están las organizaciones políticas, sindicatos y organizaciones populares y movimientos sociales. En este campo no hay, es de lamentar, la homogeneidad que pudiera esperarse y que es necesaria. Hay una actitud, en general, positiva de apoyo al proceso y más que al proceso mismo, como debería ser, a las medidas concretas de corte popular, antiimperialista y antioligárquico. Al tener una visión estrecha, es decir, sólo sobre los hechos concretos, se tiene el riego de no ver el conjunto de las cosas, todo el proceso. En este orden están la recuperación del derecho propietario del Estado boliviano sobre los hidrocarburos - lo que sin ser propiamente la nacionalización de estos, tal como la conciben algunos círculos políticos y hasta gente a la que no puede negársele su pertenencia a posiciones patrióticas – que ha afectado a las transnacionacionales. Otra disposición correcta es la distribución de tierras fiscales a los campesinos que no la poseen o la poseen en cantidad insuficiente y la reversión de tierras improductivas o concedidas contra la ley hoy en manos de latifundistas. Ninguna de estas medidas es propiamente revolucionaria ni configura un proceso revolucionario, pero son medidas de innegable carácter progresista y antineoliberal que marcan una diferencia.

Al juzgar la posición de las agrupaciones de izquierda y de las organizaciones sindicales y populares y del movimiento social, se debe apuntar los peligros que traen aparejadas los excesos en una u otra posición. Es muy perjudicial lo que puede ocasionar el “entrismo o el seguidismo”, dos fenómenos que en estos días abundan en ejemplos individuales y colectivos. El primero, sobre todo, es condenable hasta por su carácter inmoral. Decenas de tránsfugas y hasta ayer acerbos críticos de Evo Morales y el MAS han recalado en las filas de este y no se puede afirmar que lo hubieran hecho con propósitos loables o por efecto de una rectificación a sus pasadas visiones antihistóricas. Hoy, convertidos en más papistas que el Papa, hasta tratan de establecer un cerco que impida la amenaza a sus apetitos ya sea carreristas o de usufructo material. El otro extremo es la actitud de crítica o descalificación y hasta de intolerancia que se niega a admitir lo positivo del proceso. En este bando se colocan también otros oportunistas relegados y que se quejan de la falta de “reconocimiento” a sus “méritos” o, también, por una suerte de crónica manera de pensar sólo a partir del prejuicio, de la falta de formación política y las carencias para realizar examen objetivo de la realidad.

Hay que mencionar otras medidas como la licitación de El Mutún que, a pesar de las objeciones que puede hacérsele, fundadamente, es un paso hacia la creación de una siderurgia nacional. Tienen un valor especial medidas como las campañas de alfabetización y de salud, con la ayuda de Cuba y otras más con la ayuda de Venezuela (instalación de plantas de tratamiento de gas, un crédito 1.500 millones de dólares para el impulso de la producción); la suscripción de acuerdos como la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y el Tratado de Comercio de los Pueblos (TCL) y otras que no mencionaremos por razones de espacio.

Sin embargo, no podemos ignorar otras medidas que, más que un efecto real en las estructuras vitales de la economía, tienen un valor de símbolos que dibujan el perfil, sobre todo ético, de una gestión de gobierno. Por ejemplo la rebaja de sueldos de los altos funcionarios; la persecución de los corruptos hasta ahora impunes; el descubrimiento de hechos de corrupción que permanecían sin debelarlos; procesamiento sumario de los funcionarios y representantes nacionales del propio MAS pescados in fraganti en hechos dolosos.

Ahora no hay analista político serio que niegue que en Bolivia está sucediendo algo importante. No hay acuerdo general acerca de la manera de determinar lo que mayoritariamente se está de acuerdo en definir como un proceso. Es hora de unificar la terminología en esta materia. Para nosotros se trata de un proceso político caracterizado por rasgos antioligárquicos, antiimperilistas, soberano y democrático y de orientación y carácter popular. Se trata de un proceso político que se diferencia notoriamente del acaecer político previo, es decir de de lo que sucedió en este país en la política, en la economía y en la sociedad, sobre todo desde 1985, después del colapso del gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP), del que participó el Partido Comunista de Bolivia. Fue a partir de ese momento en el que la derecha retorna plenamente al ejercicio del gobierno y de un poder que apenas había afectado la UDP.

La tarea del movimiento popular no puede ser otra que la del respaldo al proceso, la implementación y mejora de las medidas antes mencionadas. Pero hay varias condiciones para que este propósito sea alcanzado realmente y que corresponden a la responsabilidad histórica de la izquierda, de los trabajadores organizados sindicalmente y de los movimientos populares.

Una primera condición se refiere a la urgencia de la reoganización de la Central Obrera Boliviana. Está establecido que el debilitamiento, el raleo de sus filas, la desorganización y hasta la desaparición de importantes confederaciones y federaciones y hasta sindicatos individualmente tomados que atesoraban la experiencia histórica, la tradición y la combatividad del proletariado boliviano ha sido obra principalmente del propio neoliberalismo. El despido de miles de trabajadores, el D. S. 21060 y su nefasto artículo 51 de la libre contratación; el abuso patronal y el desconocimiento de antiguas disposiciones de la Ley General del Trabajo, etc. fueron las causas eficientes del debilitamiento del movimiento sindical. A esto se debe sumar el debilitamiento de su conciencia de clase y su conciencia política por la influencia deletérea de la ideología capitalista virtualmente bombardeada por los medios y del estimulo a la corrupción de las direcciones sindicales. Nunca en su historia de más de medio siglo la COB había sido dirigida por gente además de aventurera, autoritaria y seriamente cuestionada por su pasado.

Otra condición es la superación de una brecha artificial que se ha presentado entre el movimiento político y el llamado movimiento social. En verdad todos estos movimientos tienen el carácter de sociales, nacen y existen en la sociedad. No tienen una existencia novedosa como se sostiene, son antiguos y su raigambre fundamental es popular. Los movimientos sociales nacen de las necesidades sociales y nadie puede crearlas artificialmente. Por su origen y sus objetivos, no tienen ninguna razón para divergir o enfrentarse con las organizaciones políticas populares, democráticas y sobre todo de izquierda. Es evidente que por su importancia Las organizaciones sociales tienden a ser manipuladas y sobre todo infiltradas por la derecha. A diario aparecen indicios y hasta pruebas de cómo, gestiones del pasado, corrompían a sus dirigentes e incluso llegaban a incitarlas a acciones que conducían a objetivos contrarios a sus legítimos intereses. Por esta razón es vital, junto a la reorganización del movimiento sindical, la adecuación de los objetivos y la organización de unas agrupaciones que por su composición y heterogeneidad lleguen a formar parte orgánica y organizada democráticamente del proceso político.

Para concluir es necesario, retomar la iniciativa que realmente agrupaba y fijaba objetivos claros a las organizaciones políticas de izquierda en el Frente Amplio Antineoliberal que se gestó antes de las elecciones de diciembre y cuya organización y desarrollo no se ha continuado. Este acuerdo suscrito por el propio Evo Morales, como candidato y Presidente del MAS realmente muestra - con la maduración de las organizaciones de izquierda, refrendadas por la medidas del gobierno y la elaboración de un verdadero plan de gobierno coherente, sin ambigüedades – que es posible confiar en la toma de un rumbo que asegure los cambios, que los cambios no sean meras medidas de reforma sin conexión con futuros progresos hacia metas superiores. Esto es lo que puede definir que estamos superando el dilema de reforma o revolución.