Editorial

 

Avances y vicisitudes del proceso

nacional liberador

 

Algo más de un año de la gestión presidencial de Evo Morales se puede afirmar que ha logrado asentar la imagen de un régimen que va en procura de un cambio real. Pero es innegable que el proceso no transcurre sin dificultades, sin tropiezos y hasta sin sobresaltos. Hablando de estos últimos podríamos decir que las últimas confrontaciones son, por ahora, de poca monta para la tradición boliviana de las batallas sociales. Pero al mismo tiempo son casi, si se permite la comparación, como un clon: encierran todos los elementos que desplegados darán el cuadro completo de una confrontación de grandes proporciones. Es que la lucha de clases es así. Nunca, ningún proceso de cambio social o una revolución propiamente dicha, ha transcurrido de manera idílica. Cuando se afectan intereses grandes (y hasta pequeños) los afectados –reales o ficticios – tienden a reaccionar de una manera iracunda.

La iracundia, que puede alimentar las acciones aparentemente más irracionales y antihistóricas, tiene siempre una explicación en las raíces a veces inadvertidas y no manifiestas de intereses materiales muy concretos. Estos intereses, de cualquier manera que se expresen, en la sociedad contemporánea, tienen un trasfondo de clase social. La defensa del interés, en este caso privado o el intento de reivindicar el interés colectivo generan violencia social. Esto no es reduccionismo ni clasista ni político ni economicista.

Los desheredados, los desposeídos de la sociedad capitalista, los que nada tienen o tienen muy poco, se ven obligados a utilizar la fuerza para obtener aquello que les ha sido sistemáticamente negado o arrebatado y está ferozmente custodiado en manos ajenas. Estas manos, pocas pero muy poderosas, recurren a la fuerza para conservar lo que detentan. De hecho la existencia de dos polos de fuerzas contrapuestas lleva a plantearse si hay o no una legitimidad en alguna de ellas. En este punto preciso es donde se ponen a prueba los dos únicos enfoques posibles sobre la ilegitimidad o legitimidad de la violencia, sobre su carácter negativo o positivo. Cada uno de estos enfoques tiene su metodología y está iluminado por una concepción doctrinal o ideológica. Para nuestro análisis dialéctico, materialista y objetivo, la violencia social que quiere acabar con el dominio de los habituales detentadores de la riqueza, es una violencia positiva, constructiva y que va de la mano con la corriente histórica del cambio y del progreso social. Es la violencia social en pos de la equidad y la justicia. Por el contrario, la violencia negativa, fundada en un análisis puramente subjetivo, idealista y conservador es una violencia plena de obsolescencia, retardataria  y enfrentada al necesario progreso social.   

La dialéctica de fuerza contra fuerza es la que origina la espiral de la violencia social. De esto tenemos muchos ejemplos en Bolivia. Pero antes aclaremos algo más acerca de la violencia social. La violencia social no siempre es material y física; esta última es sólo uno de los tipos posibles de violencia. La violencia social también puede ser política, armada, legal y hasta psicológica. El rasgo común a toda forma de violencia es la tentativa de imposición de la voluntad de unos sobre la voluntad de otros. Otro rasgo característico es el paso de un tipo de violencia a otro, en una suerte de inevitable escalada. De las formas sutiles se pasa a formas más explícitas y duras, hasta llegar a la violencia cruenta.

En una sociedad capitalista como la boliviana, la violencia social, es “un producto inherente y lógico” y tiene un fundamento inapelable: parte de la defensa de propiedad de los medios de producción, de las consiguientes relaciones de producción que de aquella se derivan y de la forma cómo se apropian de la riqueza producida.

El gobierno de Evo Morales dio un paso significativo con el Decreto Supremo 28071 de recuperación de los yacimientos de gas y petróleo el 1 de mayo del año pasado. No es técnicamente una nacionalización, como se la ha llamado, pero es una importante medida que devuelve al control del Estado, mediante Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), eslabones vitales del proceso de producción y venta del gas. Los simbolismos en la ejecución del decreto no son un show (fuerzas armadas, etc.), sino un explicitar irrefutable de la recuperación de la soberanía nacional sobre sus recursos naturales. En torno a este asunto la batalla continúa y aún no está escrita la última página. Pero está demostrado cómo los “afectados” (las transnacionales) se defienden y continúan moviendo todos los hilos posibles para frustrar el proceso de recuperación nacional de las concesiones que detentaban de modo omnímodo. Pero las transnacionales tienen direcciones expertas que no actúan burdamente. Saben hacerlo con sutileza y habilidad empezando por la cuidadosa preparación del terreno subjetivo: propaganda, difusión de prejuicios y sobre todo estereotipos que generan estados de ánimo adversos al proceso, a su gobierno y a sus protagonistas. Se trata de toda una batería de elementos de la guerra psicológica cuyo objetivo fundamental es, si acaso no ganar la mente y la disposición de la gente en contra del proceso, por lo menos confundirla o neutralizarla.

No vamos a entrar en detalles sobre todos los elementos que implican este tipo de acciones cada vez más complejas, profesionales y que crecientemente echan mano a los elementos modernos que le brindan diversas disciplinas. Todo puesto al servicio de acciones contrarrevolucionarias. Sin embargo, no se acude sólo a los elementos sutiles, imperceptibles para el gran público. También se recurre a los métodos directos, visibles, ya conocidos. El problema de la tierra parece ser el campo más fértil para este tipo de accionar. Los latifundistas del oriente que hace tiempo presentían su destino con un gobierno popular, incluso antes de la reforma de ley agraria, ya habían proclamado directa y rotundamente que defenderían sus propiedades inclusive acudiendo a la armas y ofrendando sus vidas. Es la historia de siempre y que en Bolivia repite los episodios de 1953 cuando se realizó la primera reforma agraria, después de la Revolución de Abril de 1952. Como entonces aparecen las bandas de matones, se preparan las escuadras fascistoides y se contrabandean armas. Se trabaja activamente sobre los militares y los policías, aunque hasta el momento no encuentran los resultados apetecidos es un ámbito mentalmente predispuesto, en su mayoría,  para favorecer planes regresivos.

Los latifundistas y grandes empresarios agrícolas, pecuarios y agroindustriales esconden la defensa de sus intereses egoístas, sobre todo detrás de exacerbados ánimos autonomistas. Sus adláteres en la Asamblea Constituyente, mediante tácticas obstruccionistas, logran imponer su determinación de mantener el statu quo sobre la propiedad de la tierra, la explotación de los bosques, la percepción de la renta petrolera y las relaciones de producción basadas en la sobreexplotación, en sus empresas y plantaciones, de la mano de obra desprotegida y escarnecida. Sus planes son de largo aliento y contemplan variantes espeluznantes para la integridad nacional. De no conseguir sus objetivos recurrirán al expediente del secesionismo olvidando sus trazas democráticas y pacíficas, al fin, ajenas a su temperamento. Esto no será una novedad para Bolivia pues, de antiguo, han difundido sentimientos separatistas, en tanto que las amenazas patéticas han sido reiterativas. Lo mas grave es que hoy las presentan como una suerte de última oportunidad; signo inequívoco de desesperación. Es obvio que este enfrentamiento revela también trasfondos de clase. Los temas nacional-étnicos, los prejuicios racistas y la virulencia anticomunista y antisocialista que campea, todos, están subsumidos en el objetivo de mantener sus privilegios e intereses concretos.

Pero el ejemplo más patético de cómo la violencia social puede llegar a extremos incomprensibles y hasta enmascararse con actores de extracción popular, es el conflicto del distrito minero de Huanuni, en torno a la posesión del rico yacimiento estannífero del cerro Posoconi. En el fondo se trataba de intereses económicos de distinta extracción de clase. Posoconi estaba siendo explotado simultáneamente por la Empresa Huanuni, estatal, y por algunas de cooperativistas mineros. Estas últimas tenían representación en el gabinete ministerial gracias a compromisos preelectorales del MAS. Pero aquí cabe una aclaración importante: Muchas cooperativas mineras habían dejado de ser genuinas  agrupaciones de cooperativistas; varias de ellas tenían típicos gerentes, dueños de capital y que comandaban a asalariados (proletarios) con el rótulo de cooperativistas.

Algo más reveló el conflicto de Huanuni. Era el choque entre los intereses de empresas privadas frente a una empresa estatal. Patentemente, fue el choque de dos concepciones distintas del manejo de la minería: una estatal, que defendía el rol de la gestión económica de un Estado que manejó 50 años lo más importante de la minería nacional. La otra privatista, vástago innegable del neoliberalismo y de la expansión de la minería privada que llegó a la presidencia con el industrial minero Sánchez de Lozada. Huelga decir que los cooperativistas de base, con o sin salario, trabajan en las condiciones de la mayor desprotección so pretexto de flexibilidad laboral.

Pues bien, bajo la égida de un ministro “cooperativista” y con el estímulo del alza de los precios de los minerales, se pretendió relegar a la empresa estatal y usurparle los niveles y parajes más rentables. Para ello no trepidaron en esbozar un plan de ocupación de la totalidad de la mina recurriendo a la fuerza que, en un sangriento  episodio produjo cerca de 60 muertos y numerosos heridos y grandes daños materiales. Quedó claro que hubo premeditación y asesoramiento e incluso la presencia de expertos tiradores de élite. La derecha pretendió explicar el cruento incidente como un choque entre “trabajadores mineros”, cooperativistas los unos, asalariados los otros. Procuraron borrar toda huella política o ideológica. Empero el presidente tomó decisiones correctas gracias al asesoramiento de antiguos dirigentes mineros. Destituyó al ministro “cooperativista” y fortaleció la empresa estatal con la incorporación de algunos miles de cooperativistas dándoles una condición obrera que de hecho significa otro status social.

Otro episodio que tuvo también serias repercusiones fue el reciente conflicto de la localidad petrolífera de Camiri. Se produjo un bloqueo de rutas que culminó con la toma de instalaciones petroleras y el cierre de válvulas de gasoductos. El simple incumplimiento o la demora en satisfacer un pedido local, referido a la estructura de mando de la empresa estatal, YPFB, provocó un conflicto de proporciones que la derecha en general, pero sobre todo la de Santa Cruz quiso aprovechar rápidamente: Se tornó, de súbito, sensible a los requerimientos de sus provincias y los apoyó con vehemencia. Paradójicamente se produjo una coincidencia de posiciones entre planteamientos altisonantes de tono patriótico y popular de parte de la población de Camiri y el apoyo del Prefecto y del Comité Cívico de la capital cruceña, conocidos por su radical oposición al gobierno de Morales.

Hay mucho de común entre el origen y la mecánica de estos conflictos. Ambos se han dado sobre la base de la participación de movimientos sociales. Los unos cooperativistas, los otros pobladores y miembros de un movimiento cívico. Hay que extraer varias enseñanzas de ambos. La primera, es que los movimientos sociales tienen una variedad infinita de motivaciones, composición socialmente diversa y hasta políticamente variopinta. No hay homogeneidad entre ellos acerca de los objetivos generales que persiguen; sus preocupaciones están marcadas por objetivos concretos, por el logro de soluciones a sus dificultades cotidianas. Esto está directamente enlazado con sus conducciones y conductores que suelen ser de tipo caudillista local o sectorial, pero que tienen claras limitaciones para entender cuáles son los objetivos finales de un proceso político como el que vive Bolivia.

Impregnados de un falso radicalismo o promotores de acciones extemporáneas pueden hacerse funcionales a lo que busca la derecha y alienta el imperialismo: la creación de un clima de desorden, de caos, donde nadie se entienda y el gobierno sea incapaz de jugar su rol de conducción y de construcción. En este orden hay que rescatar los momentos de la máxima lucidez de las masas, de los movimientos sociales populares, como se dieron en Octubre del 2003 y en las urnas en diciembre de 2005. Las representaciones sociales y la conciencia política alcanzadas hay que proyectarlas y sostenerlas en el largo aliento.

Otras importantes medidas ha llevado adelante el gobierno de Morales. Nos referimos a la campaña de alfabetización, a la extensión de los servicios médicos, a la creación de incentivos para la escolarización (bono Juancito Pinto); al inicio de planes para la industrialización del gas natural, etc. En estas realizaciones ha contado con el invalorable apoyo y cooperación de Cuba y Venezuela. Es innegable también que ha logrado mejorar los términos de venta del gas a países vecinos como la Argentina y Brasil y hay buenas perspectivas macroeconómicas. Se puede afirmar que Bolivia tiene un nuevo contexto internacional favorable al proceso político en curso.

Es también importante y va en buena dirección el ajuste ministerial que realizó al año del comienzo del proceso de cambios. Empero hay aún notables deficiencias y hasta errores, atribuibles sobre todo a la distinta mentalidad y distinto origen, político e ideológico, de colaboradores cercanos de Evo Morales. El estilo de conducción y ciertos nombramientos desatinados, han llevado a cierta pérdida de sustento, particularmente de las capas medias y la intelectualidad. Pero todas estas deficiencias y errores son corregibles en la medida en que den sus frutos los mecanismos de una dirección efectivamente colegiada y ante todo se monte un aparato de conducción disciplinado y ante todo honesto e idóneo. En suma: el actual proceso político boliviano - que configura un desarrollo nacional liberador por sus medidas de carácter popular, antineoliberal, antioligárquico y antiimperialista – puede desembocar en una etapa superior francamente revolucionaria. Pero puede hacerlo sólo a condición de mantener firmemente el rumbo trazado, de organizar una dirección colegiada, democráticamente conformada, verazmente representativa desde la base y con la incorporación orgánica de las fuerzas sociales motrices del cambio revolucionario. El programa transformador tiene que ser aplicado con apego a la metodología y los procedimientos científicos y no a la espontaneidad y el voluntarismo.

Una palabra final sobre la Asamblea Constituyente. Superados, en apariencia, los obstáculos reglamentarios en la etapa final hay que plantearse objetivos muy concretos. En primer lugar la nueva propuesta constitucional no debe, en ningún caso, retroceder de los postulados del constitucionalismo social y de la reafirmación de la soberanía y la unidad nacional. Tiene que ser una Constitución abierta al desarrollo hacia formas superiores de organización y formación social que recojan nítidamente el carácter multinacional, pluricultural y plurilingüe de nuestro país. El tema de las autonomías tiene que resolverse a partir de la fijación precisa de las competencias y, fundamentalmente, de la determinación de quiénes serán los principales beneficiados en cada región autónoma. Esto puede resumirse en una frase: es la hora de los trabajadores, es la hora de los pueblos.