EDITORIAL

 

 

QUE LA HISTORIA NO SE REPITA

 

Hegel acuñó aquella sentencia de que la historia se repite. A lo que Marx, agregó: Se le olvido decir, a Hegel, que una vez lo hacía en forma de tragedia y la repetición como farsa. Eso parece estar sucediendo en nuestro país empero, los que debieran entender que la tragedia y la farsa son igualmente dañinas para el pueblo, se ve que no asimilan las lecciones de la historia. Peor aún, se proponen ignorar la historia.  

Las últimas semanas se han caracterizado por una notable agudización de las tensiones políticas en el país. Marchas, bloqueos con las más variadas demandas; desabastecimiento de carburantes, paros de panificadores, consiguiente alza del pan; ultimátums de toda clase y hasta proclamas de franco corte anticonstitucional; por lo tanto sediciosas. Es paradojal, pero algunos de estos acontecimientos tienen por protagonistas a sectores que pertenecen a lo que podría llamarse, sin error, pueblo. El bloqueo de rutas más importante lo realizaron los mineros, trabajadores cuya historia no puede tener más títulos y galones, todos ganados en grandes batallas sociales derrocando dictaduras civiles o militares o sacrificando sus vidas en la lucha por una vida mejor.

Al otro lado de los acontecimientos estaban avezados y poderosos señores capaces de movilizar a miles de ciudadanos detrás de una quimera llamada autonomía. Quimera que nunca la plasmarán en la práctica, simplemente la ofertan, eso conviene al enmascaramiento de sus intereses reales.

 Aunque estos actos no sorprenden a los que conocen los vericuetos del acontecer político boliviano no dejan de provocar interés en encontrar explicaciones plausibles al comportamiento casi similar de sectores, política y socialmente, en posiciones antípodas y en una nueva situación histórica desde la instauración del nuevo gobierno en enero del 2006. Se impone, por consiguiente, un análisis más penetrante y libre de preconceptos para descubrir las causas reales de estas conductas exteriormente similares.

Dos acontecimientos de desigual dimensión, con motivaciones visiblemente diversas, pero de gran efecto mediático, han ocupado la atención de una opinión pública cada vez más inquieta. El 2 de julio - conmemorando un año de la realización del referéndum que consultaba la convocatoria a la Asamblea Constituyente (AC) y a las autonomías departamentales - el prefecto de Santa Cruz, rodeado de los representantes del Comité Pro Santa Cruz y otras rancias instituciones, pero también con la presencia de representantes de una que otra organización laboral y hasta algunos indígenas acarreados, recibía un “Estatuto Autonómico Departamental”. Su texto, sin recaudo alguno, puso en el tapete todas las cartas de las clases dominantes y las fuerzas controladas por la derecha. Lo medular del estatuto estriba en las competencias que se autoasignan los “gobiernos departamentales”. Entre otras figura la creación de la cédula de identidad cruceña, la ciudadanía y, con ella, la capacidad de  determinar límites al flujo migratorio hacia Santa Cruz. Como ya se ha dicho es, por lo menos, un Estado dentro de otro Estado y con el pretexto de la cédula, la posibilidad de los primeros indocumentados candidatos al abuso y la explotación. También se da la competencia de  crear órganos de control social propios (autónomos); órganos electorales igualmente propios y sobre todo la capacidad de determinar la asignación de tierras tanto individual como colectivamente.

Los movimientos de la derecha cruceña son dignos de examinarse con algún detalle. Lo que formulan algunos dirigentes, es rectificado por otros casi de inmediato, para que unos terceros vuelvan a la primera versión pero ya con un tono elevado lanzando epítetos contra los “rectificadores”. Cuando se presentó el estatuto en Santa Cruz dijeron que sería de aplicación inmediata. Ante el estupor generalizado y hasta por el rechazo en algunas provincias cruceñas, se dijo que sólo era un “proyecto” destinado a ser socializado. Es cuando se lanza hasta la sindicación de traición, a los representantes orientales que se atreven a señalar el error que se cometía y se amenazaba definitivamente con el desconocimiento de la AC y la vigencia unilateral del Estatuto que sería aprobado por un referéndum departamental. No hay nada que agregar a estas afirmaciones que confirman lo que se ha denunciado reiteradamente desde estás páginas: el autonomismo de las clases dominantes responde única y exclusivamente a la preservación de sus intereses egoístas y antipopulares.        

El segundo acontecimiento es el bloqueo de caminos y el ulterior paro que determinan los mineros asalariados de Huanuni, la mina de estaño más importante del país. El punto del corte de ruta afectaba al flujo del volumen más grande de pasajeros y mercancías en el país. El pliego petitorio minero contabilizaba unos 12 puntos y luego 18; algunos mal formulados, otros difíciles de catalogar como reivindicativos. En suma, recordaba a las huelgas salvajes de los tiempos de la UDP aunque, por lo menos en la base, no había la intencionalidad maligna que sí podía detectarse en dirigentes de dudosa trayectoria y conducta. La endeble justificación del paro se hacía visible en la dificultad que tenían aquellos para explicar su reticencia al diálogo con el gobierno, que llegó a comprometer la asistencia del propio Presidente de la República.

Todos los acontecimientos a que nos referimos transcurrían en medio de una inaudita algarabía mediática. Apenas una que otra radio, muy tibiamente uno que otro canal de TV y algunos periódicos, no precisamente los cotidianos, trataban de reducir e interpretar las noticias en sus alcances reales. El resto, que es la mayoría abrumadora, no sólo difundía las noticias, sino que las deformaba y las repetía con una insistencia inagotable. En la práctica contribuyeron al encarecimiento de algunos productos e incluso a estimular elementos inflacionarios. Esta campaña mediática, que no ha cesado, es un extraordinario ejemplo del papel de los factores psicológicos en el movimiento económico, particularmente en el monetario. Es un típico efecto de verismo ([1]) que lamentablemente se encargaban de reforzar distintos voceros oficiales poco cuidadosos, desinformados o simplemente torpes. Algunas declaraciones sobre los tópicos de la subida de precios o la inflación se convirtieron en antológicas y explotadas al máximo por los medios de la derecha. Con o sin declaraciones desafortunadas, la campaña alcanzó ribetes morbosos. Algunos medios se atrevieron a propalar predicciones como esta: “habrá hambruna en Bolivia”. Tal es el contraste con la realidad que no se atrevieron a repetirla.

Hay otras comunicaciones mucho más nocivas porque tienen un cierto aire de seriedad. Es un hecho inapelable que ha aumentado notoriamente el circulante monetario. Es un resultado, principalmente, de lo que el país percibe por ingresos por la venta de hidrocarburos, el aumento del precio de los minerales y las remesas de bolivianos que trabajan en el exterior. Pero la interpretación maligna y mal intencionada se refiere a que ese incremento del circulante se debiera exclusivamente al aumento del narcotráfico. Coincidiendo con las declaraciones del enviado de la Casa Blanca, Charles Shapiro, está claro que se pretende encontrar justificativos para una creciente ingerencia de USA en los asuntos bolivianos y, adicionalmente, contribuir al desorden, a la inestabilidad e inseguridad que justifiquen movimientos subversivos.

En este capítulo de la convulsión social hay varias cosas que explicar al desmontar los elementos que la componen. En primer término está la actitud en apariencia paradójica, de los dirigentes de los afluentes del conflicto. Tanto la derecha como la “izquierda” coinciden en concertar su artillería contra el gobierno (o el MAS, que es un espectro orgánico y una nulidad política) y en particular contra el Presidente Morales. El envoltorio verbal es, generalmente, distinto pero la finalidad es la misma: desacreditar al proceso y a su conductor principal. Según la derecha, se cierne sobre el país una dictadura, se habla de totalitarismo en un país donde funciona plenamente la institucionalidad y la legalidad y hasta se permiten excesos intolerables por su carácter irrespetuoso. Para la “izquierda” (delirante o manipulada) el gobierno es tan neoliberal como cualquier otro anterior y desvaloriza cualquier medida que se hubiera tomado. Ambos extremos no dudan en inventar intenciones y tenebrosos planes que se los atribuyen y hasta los tornan inminentes.

Un núcleo donde se centran los conflictos y hace de caja de resonancia a todo de tipo de propuestas - desde las más descabelladas hasta algunas insólitas, de sorpresiva aparición - es la Asamblea Constituyente. Empecemos por un punto “sorpresivo” de la agenda: La cuestión de la capitalidad. Es obvio que este no es asunto de principio; tampoco es clave para solucionar los problemas centrales del país y en caso de producirse un traslado de sede (a Sucre, por Ej.) generaría un período de caos administrativo y una sangría de recursos, sólo para crear la infraestructura necesaria. También es obvio el carácter inoportuno de la demanda; sospechoso el apoyo de la “media luna” y absurdas las reacciones airadas, incluida la paceña que responde con un “paro cívico contundente” y un inflamado cabildo. Es hora de preguntarse ¿A quién beneficia este desborde de pasiones regionales?

Los otros problemas de la Asamblea Constituyente están referidos a asuntos que sí son de real importancia. Uno de ellos es la definición del tipo de país y Estado que queremos. Hasta ahora las formulaciones ensayadas no son satisfactorias ni han logrado consensos con evidente respaldo. Es cierto que se han descartado algunas formulaciones excluyentes de simple contenido etnocentrista (indianista) y también han bajado el tono las opuestas, de matriz racista y conservadora, ignorante de la realidad plural y diversa de país. Sin embargo, continuará siendo engorrosa una definición adecuada. La fórmula del reconocimiento multinacional, plurilingüe y pluricultural y la posibilidad de una instancia legislativa (cámara o asamblea de los pueblos) parece ser la única salida para un problema complejo y cuyo arribo a una situación de equilibrio tardará. En todo caso hay que excluir la pretensión de mantener el estado de privilegio (posesión de tierras y dominio monopólico de riquezas) y la continuación de la exclusión y la discriminación de los pueblos originarios. Simultáneamente debe superarse las tendencias que, bajo una mal definida “colonización interna”, pretenden exclusividades (propiedad de recursos naturales) y exclusiones a partir del color de la piel o las diferencias lingüísticas. En este problema hay una base cognoscitiva errada y una metodología política equívoca. Es el desconocimiento de la condición de Bolivia como país dependiente y subdesarrollado. Se pretende ignorar la contradicción principal: nación versus imperialismo, que es la que hay que resolver primero: Construir un país soberano, desarrollar y distribuir mejor la economía y proporcionar una vida digna a todos. En esa medida hay tiempo y habrá mejores condiciones para superar la contradicción capital versus trabajo, sin que esto signifique la renuncia a la misión histórica de liquidar cualquier forma de explotación del hombre por el hombre.

Abordemos un tema pungente: Las autonomías. Estas pueden existir dentro de regímenes sociales diversos (capitalistas, socialistas, etc.) No es su posible instauración la que asusta en un país complejo y centralista como Bolivia. Lo que importa es a quién va a servir y qué intereses va a promover. En pocas palabras no puede ser el terreno para el interminable enriquecimiento de unos pocos y la eterna miseria de los más. Las autonomías departamentales deben partir del principio de la preservación de la unidad del Estado y del pueblo boliviano. Respecto a las aspiraciones de los pueblos indígenas a una autonomía que preserve su identidad, su cultura, su lengua y tenga palabra en el manejo de recursos y riquezas que les beneficien no debería haber confrontaciones insalvables. Una forma de solución puede ser la autonomía expresada en la autogestión ([2]) de zonas nacional-étnicas homogéneas con la articulación de los municipios preexistentes. Su desarrollo, particularmente económico, debe estar en concordancia con la planificación departamental y esta, a su vez, con la planificación central. La instancia superior de articulación y homogeneización podría ser la ya planteada cámara o asamblea de los pueblos. Sin embargo, habrá que advertir que la Asamblea Constituyente en las condiciones y plazos actuales podrá aprobar sólo lineamientos generales que debe desarrollarse ulteriormente.

Para concluir este capítulo referido a las tareas de la Asamblea Constituyente debemos considerar que de ella debe emerger una Constitución Política que sea un marco general. No puede ser una construcción ampulosa que lleve a la coexistencia de elementos contradictorios o superfluos. No se trata de que “todos figuren y se expresen todas las demandas y aspiraciones”, por legítimas y urgentes que parezcan. Si la Asamblea Constituyente se enreda en el detalle puede suceder lo que la derecha busca afanosamente: su naufragio y la apertura de un período signado por la confrontación que puede adquirir formas cruentas.

En seminario que el PCB realizó en Sucre en el 2003, además de lo expuesto más arriba definimos de manera global el tipo de Constitución necesaria a nuestro país. Decíamos entonces: Un régimen económico mixto con la devolución al Estado de rol protagónico y la gestión del sector estratégico (energía, minería y metalurgia, transportes y comunicaciones). Liquidación del analfabetismo y desarrollo de una educación de contenido popular, democrático, científico y planificado, con preponderancia de la educación fiscal a todo nivel. Un régimen democrático, de derecho. Las instituciones de la seguridad y el orden deben modernizarse y regirse por líneas que estén en concordancia con el nuevo carácter de la Constitución. Las Fuerzas Armadas deben tener la tarea fundamental de preservar la integridad nacional y la soberanía. La misión de la policía debe ser: preservar la seguridad ciudadana y luchar eficazmente contra el crimen. El Estado boliviano es laico y debe garantizar la libertad de cultos. En el concierto internacional abogar por la paz, la exclusión de la fuerza en la solución de los litigios internacionales, la solidaridad con los pueblos que luchan por su independencia o son objeto de agresión o invasión de las potencias imperialistas. En América Latina y el Caribe trabajar por la integración real de los pueblos y países que la habitan 

Lo que falta para que la historia no se repita como drama o como farsa es la Unidad del pueblo organizado (sindicatos, organizaciones sociales y partidos democráticos, populares y revolucionarios), la reformulación de un programa de gobierno coherente, sustentable y una conducción central que lo lleve a la práctica con seguridad . A decir verdad el gobierno de Evo Morales está lejos de esta capacidad; se presenta carente de una línea general y minado por contradicciones; penetrado por oportunistas y hasta saboteadores de diversa índole y pelaje. A pesar de este cuadro deprimente y pesimista aún hay tiempo para rectificar rumbos, para fijar mejor los objetivos de la etapa, desterrar prácticas personalistas, trabajar con direcciones colectivas y sobre todo dar organicidad y coherencia a una vanguardia política que deje de ser una turbamulta inmanejable. Acaso así la historia dramática no se repita.

1) verismo, significa dar apariencias de total verdad a hechos o fenómenos que no poseen tal calidad.

2) ver en esta misma edición “Nación y Nacionalidades” (Tesis política del II Congreso Extraordinario, 1988)